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El alfabeto cirílico: el regalo búlgaro que une a 250 millones de personas

  • hace 2 días
  • 9 min de lectura

Cuando un hispanohablante aterriza por primera vez en Sofía y mira los letreros del aeropuerto, yo imagino que piensa algo como: "qué letras son estas, parecen rusas". La asociación es inmediata y, aunque suene inocente, es históricamente injusta. El alfabeto que está leyendo no es ruso. Es búlgaro. El alfabeto nació en el Primer Imperio Búlgaro a finales del siglo IX, se llama cirílico (кирилица en búlgaro) y desde aquí se difundió por todo el mundo eslavo ortodoxo, incluida Rusia, varios siglos después. Hoy lo usan unos 250 millones de personas en alrededor de cincuenta idiomas.


El alfabeto es de origen búlgaro, lo repito, y tómatelo en serio. Hasta ahora recuerdo con qué seriedad me lo explicó mi esposa cuando nos conocimos. Es marketing, vamos, Rusia es un país con más impacto en el resto del mundo, y es normal hacer esa asociación. Su razón tiene, siempre lo he asociado con Rusia, y creo que la mayoría de hispanohablantes lo hacen. Aún recuerdo la primera vez que la familia de mi esposa, durante mi primera visita a Sofía, me habló en ruso porque no entendía casi nada de búlgaro. Y yo seguía frente a todos balbuceando en búlgaro sin darme cuenta que habían cambiado de idioma en medio de la conversación. Es esta parte del mundo, el inglés no era la opción internacional, y cambiar a ruso al hablar con un extranjero era lo más cortés que uno podía hacer.


En un post anterior ya expliqué cómo nació el idioma búlgaro a partir del antiguo eslavo eclesiástico y del trabajo de Cirilo, Metodio y sus discípulos. No voy a entrar a discutir si sus inventores, los santos Cirilio y Metodio, eran búlgaros o griegos porque eran de Salónica. Eso da para otra historia.


Aquí me quiero centrar en algo distinto: el alfabeto cirílico como objeto de exportación cultural. Por qué los búlgaros lo celebran cada 24 de mayo como una fiesta nacional propia, cómo viajó desde Preslav hasta el Pacífico ruso, y por qué entender su historia cambia la forma de mirar las letras de cualquier letrero en círilico, ya sea en Bulgaria o en Mongolia.


El problema del siglo IX: eslavos sin escritura


Para entender por qué el cirílico fue una revolución, hay que situarse en el siglo IX. Los pueblos eslavos del centro y este de Europa estaban en plena cristianización, pero no tenían sistema de escritura propio. Los textos religiosos solo existían en latín o en griego, y la liturgia se celebraba en una de esas dos lenguas. Aprender la fe implicaba, en la práctica, aprender otro idioma.


En el año 862, el príncipe Rastislav de Gran Moravia envió una carta al emperador bizantino Miguel III pidiendo maestros que pudieran predicar el cristianismo en la lengua de su pueblo. Las palabras que se le atribuyen lo dicen todo: "Nuestra nación está bautizada, pero todavía carece de maestros. No entendemos ni el griego ni el latín. Enviadnos maestros que nos enseñen las palabras de las Escrituras y su sentido." Bizancio respondió con dos hermanos de Salónica que cambiarían la historia cultural de Europa del Este.


Los hermanos eran Constantino —que adoptó el nombre de Cirilo poco antes de morir— y Metodio. Como ya conté con más detalle en mi post sobre la historia del idioma, lo decisivo es que ellos no inventaron el cirílico, sino el glagolítico (глаголица en búlgaro), un alfabeto bellísimo de formas geométricas que se basaba en círculos (símbolo de la eternidad) y triángulos (símbolo de la Trinidad). Con él tradujeron la Biblia al antiguo eslavo y partieron a Gran Moravia. La misión, sin embargo, terminó mal. La Iglesia franca, que defendía el latín como única lengua sagrada, los acusó de herejía. Tras la muerte de los hermanos, sus discípulos se dispersaron, se cree que fueron expulsados o vendidos como esclavos. Algunos cruzaron el Danubio buscando refugio. Y aquí entra Bulgaria.


Aquí una imagen del glagolítico, y le deseo suerte a quien trate de entenderlo.


El nacimiento del cirílico: Preslav y Ohrid


En el año 886, el príncipe Boris I de Bulgaria acogió a los discípulos de Cirilo y Metodio en su reino. La decisión fue, además de generosa, profundamente estratégica. Boris acababa de cristianizar Bulgaria oficialmente y necesitaba una herramienta para que su Iglesia ortodoxa fuera independiente de Constantinopla, qué mejor que un idioma. Una liturgia en eslavo, con un alfabeto propio, era exactamente eso. Bulgaria sería cristiana, sí, pero no helenizada, el riesgo que tenía al usarse el griego como idioma eclesiástico.


Boris fundó dos grandes escuelas literarias: la de Pliska (después trasladada a Preslav) en el noreste, y la de Ohrid en el suroeste, en lo que hoy es Macedonia del Norte. En ellas trabajaron Clemente de Ohrid, Naum de Preslav, Constantino de Preslav, Joan Ekzarh y otros eruditos. Y en algún momento entre los años 890 y 893, en este ecosistema cultural extraordinario, se desarrolló un nuevo alfabeto: el cirílico.


¿Por qué uno nuevo si ya tenían el glagolítico? Razones prácticas. El glagolítico era y es difícil de escribir y muy distinto visualmente del griego, lo que dificultaba que los escribas formados en la tradición bizantina lo adoptaran. El nuevo alfabeto se basó en el griego uncial, mucho más familiar, y le añadió letras tomadas del glagolítico para los sonidos eslavos sin equivalente en griego: Ш, Ж, Ч, Ц, Ъ. El resultado era más sencillo, más rápido de escribir, y bastaba con saber griego para reconocer la mayor parte de las letras. Un idioma que respeta la fonética es de agradecer como extranjero. Esas dificultades al aprender a hablar en francés o inglés, no las tienes con el búlgaro. Si quieres la guía completa del idioma, está en el post qué idioma se habla en Bulgaria.



El zar Simeón I el Grande, hijo de Boris, oficializó el uso del cirílico en Bulgaria en el año 893 durante el Concilio de Preslav. Lo llamaron así en honor a Cirilo, aunque técnicamente él había creado el glagolítico. Es uno de esos homenajes que un poco confunden la historia, pero también la enriquecen. Algunos intelectuales búlgaros, como Stefan Tsanev, llevan años proponiendo que se le llame "alfabeto búlgaro" en aras de la exactitud histórica. La propuesta tiene su lógica, pero el nombre cirílico ya viajó con la escritura por medio mundo y va a costar cambiarlo.


De Bulgaria al mundo eslavo


Lo que ocurrió a partir de 893 es lo que convierte al cirílico en algo más que una curiosidad búlgara. La nueva escritura, junto con la liturgia eslava, se exportó a otros pueblos del este: a la Rus de Kiev en el siglo X (el embrión de la actual Rusia, Ucrania y Bielorrusia), a Serbia, y luego a otras regiones. La Iglesia ortodoxa búlgara fue, durante esos siglos, el principal foco cultural eslavo de Europa. Iván Vazov, el padre de la literatura búlgara moderna, lo resumió a comienzos del siglo XX en una frase que se sigue citando: "Nosotros, los búlgaros, también hemos dado algo grande al mundo. Hemos dado los libros a todos los eslavos."


Lo del "alfabeto ruso", entonces, es un atajo lingüístico injusto. Rusia adoptó el cirílico búlgaro en el siglo X. Lo reformó profundamente en 1708 bajo Pedro el Grande, que occidentalizó las formas y simplificó la escritura, dándole al cirílico ruso moderno el aspecto que hoy todos asociamos con él. Pero el origen, la primera oficialización y el primer corpus literario están en Bulgaria, no en Moscú. Para ponerlo en perspectiva: cuando los monjes de Preslav estaban produciendo manuscritos en cirílico, Moscú todavía no existía como ciudad.



La primera mitad de mi vida leía en mi mente, o en voz alta, la Ce-Ce-Ce-Pe (CCCP, Союз Советских Социалистических Республик en cirílico ruso) cuando debía haber dicho SSSR (URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Y no era el único, porque luego de ser corregido y educado lo solía contar a cuanto latinoamericano hubiese en mi círculo de amigos, y ninguno de entre ellos había caído en cuenta que estaba escrito en otro alfabeto. Corregir tan simple y largo error fue uno de las razones por las que decidí compartir lo que he aprendido de esta ahora tan querida y cercana parte del mundo.


El cirílico hoy: tercer alfabeto oficial de la Unión Europea


Cuando Bulgaria entró en la Unión Europea el 1 de enero de 2007, el cirílico se convirtió oficialmente en el tercer alfabeto de la UE, después del latino y el griego. Es un detalle administrativo, sí, pero con un peso simbólico enorme: por primera vez, un alfabeto eslavo entró en el corpus oficial de la Unión, junto con sus dos antecesores mediterráneos. El comisario europeo búlgaro Leonard Orban tuvo la frase justa cuando lo celebró: "el cirílico, tercer alfabeto oficial de la UE, fue creado por un europeo verdaderamente multilingüe."


Hoy el cirílico se usa, en sus distintas variantes nacionales, en búlgaro, ruso, serbio, ucraniano, bielorruso, macedonio, kazajo, kirguís, mongol, tayiko, uzbeko, gagauzo y otros. La cifra exacta de idiomas oscila entre cincuenta y un par de centenares según se cuenten variantes regionales, pero lo importante es la dispersión geográfica: desde el Adriático hasta el Pacífico. Ningún otro alfabeto creado en territorio búlgaro tiene ese alcance.


El búlgaro moderno usa una versión de treinta letras, fijada en gran medida por la reforma de Marin Drinov hacia 1870 y simplificada después de 1945. Para un hispanohablante, aprenderlo es menos difícil de lo que parece. Aproximadamente un tercio de las letras coinciden visualmente y en sonido con las latinas (А, Е, К, М, О, Т), otro tercio existe con la misma forma pero suena distinto (los famosos "falsos amigos": В es V, Н es N, Р es R, С es S, У es U), y el último tercio es nuevo (Ж, Ч, Ш, Щ, Ю, Я, Ъ).


Dicen que dijo Oscar Wilde lo de "la vida es demasiado corta para aprender alemán". Pues está claro que no intentó aprender búlgaro, porque cuando llegué a entender el idioma y sentirme cómodo, como en casa, caí en cuenta que hay dos formas de escribirlo. La forma de letras grandes, de molde o bloque, aquellas que parecen hechas por una máquina de escribir, es la que me facilitó enormemente aprender el idioma. Pero, cuando descubrí la escritura cursiva o manuscrita, sentí que volví al punto de partida. No es un impedimento para aprenderlo, porque mi caligrafía en español cambia al usar la cursiva, pero es bueno tenerlo en mente y practicarlo a la par, para no cantar victoria antes de tiempo.


El 24 de mayo: el día más búlgaro del año


Si visitas Bulgaria un 24 de mayo, encontrarás una fiesta nacional que no tiene equivalente en ningún otro país de Europa: el Día de los Santos Hermanos Cirilo y Metodio, del Alfabeto Búlgaro, de la Educación, la Cultura y la Literatura Eslava. El nombre largo da una idea de cuántas cosas se condensan en una sola fecha. Los hispanohablantes no sentimos el alfabeto tan cercano a nuestra cultura como lo es el idioma.


Durante todo el día hay desfiles escolares, los niños llevan coronas con letras del alfabeto, se cantan himnos a Cirilo y Metodio en las plazas, las bibliotecas hacen jornada de puertas abiertas. En Veliko Tarnovo, una de las antiguas capitales del país, el desfile estudiantil es particularmente vistoso. Es de los pocos días del año en los que se celebra abiertamente algo tan abstracto como un alfabeto, y los búlgaros lo viven con un orgullo que a un extranjero puede resultarle, al principio, un poco desconcertante. ¿Una fiesta nacional dedicada a unas letras? Sí. Y tiene mucho sentido cuando entiendes que durante casi quinientos años de dominio otomano, la lengua y el alfabeto fueron la principal trinchera de identidad búlgara. Mantener el cirílico era mantener la nación.


Vivirlo desde fuera


Como suele pasar con las cosas profundamente arraigadas, los búlgaros tienden a no darse cuenta de lo extraordinario que es tener un alfabeto propio. Un español con el latino, un alemán con el latino, un francés con el latino: nadie celebra un día del alfabeto, porque nadie lo siente como una conquista nacional. Para un búlgaro sí lo es. Y para un extranjero que se instala en el país, aprender a leer cirílico es algo más que una herramienta práctica para no perderse en el supermercado. Es entrar, aunque sea por la puerta de servicio, en una historia de mil cien años. Leer en cirílico es poder leer en 50 otros idiomas.


Cuando pido un café en mi pueblo Esvilengrado y leo lentamente la nota de la suerte en alfabeto cirílico cursivo que lo acompaña (como en las galletas de la suerte), no puedo evitar pensar en Boris I, en Clemente de Ohrid y en la cadena ininterrumpida de escribas, monjes en monasterios y abuelas que mantuvieron vivo este alfabeto durante 500 años. Es una sensación parecida a la que describí en el post sobre aylyak: saber que las cosas pequeñas y cotidianas tienen detrás capas de tiempo que no se ven a primera vista.


El cirílico es, probablemente, la mayor exportación cultural de Bulgaria. Más que el yogur, más que el aceite de rosa, más que cualquier otro patrimonio. Y lo bonito es que sigue vivo, no solo en los museos. Sigue vivo cada vez que alguien escribe una lista de la compra en Sofía, una novela en San Petersburgo o un mensaje de texto en Belgrado.


Abajo dejo un buen vídeo sobre la importancia del alfabeto cirílico en Europa y el mundo.


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