Svilengrad: la triple frontera
- hace 2 días
- 9 min de lectura
En menos de veinte kilómetros a la redonda se tocan tres países: Bulgaria, Turquía y Grecia. Alrededor de Esvilengrado (literalmente, "Ciudad de la seda") conviven cuatro alfabetos: cirílico, latino, griego y árabe (en las mezquitas). Aquí se cruzan tantas historias, y se conoce tan poco de ellas, que hay un libro sobre la región.
La escritora búlgara Kapka Kassabova, que se crió en Sofía y vive hoy en las Tierras Altas escocesas, escribió en su libro Frontera una frase que me recuerda este rincón de Bulgaria donde paso los veranos, escribió que Mustafa Pasha era el nombre del puente y de la ciudad, porque la ciudad era el puente. La ciudad de la que habla es Esvilengrado (Свиленград en búlgaro), y el puente es el viejo puente otomano de piedra de 1529 que cruza el río Maritsa. Un puente, una ciudad, una frontera triple.
Mustafa Pasha fue un vizier (un alto oficial) del imperio Otomano que llegó a ser gobernador, y llegó a ese rango luego de haber sido tomado por el devshirme (Devşirme en turco), ese impuesto de sangre que tomaba niños de pueblos cristianos en la región de los balcanes y luego de haber pertenecido a la élite militar de los jenízaros.
La primera vez que crucé el puente Mustafa Pasha puse cara de niño, y es que a este río Maritsa ya lo conocía con otro nombre, pero nunca había imaginado que llegaría a verlo. De niño había leído sobre el río Evros (o Hebro). Aquel donde murió Orfeo, y donde debería oírsele susurrar por Eurídice en esa gran tragedia griega. Según la tradición, las ménades, seguidoras de Dionisio, lo despedazaron por despecho y arrojaron su cabeza y su lira al río. Dice la leyenda que lo mataron en los montes Ródope, que quedan un poco más al sur y forman la frontera natural de Bulgaria y Grecia.
Este post cuenta un poco sobre la región donde paso los veranos en familia, la Bulgaria que pocos turistas hispanohablantes conocen, y probablemente el rincón del país donde uno entiende mejor por qué Bulgaria no es lo que parece desde Madrid o Múnich. Esta ciudad que es la última en la Unión Europea camino hacia Asia, literalmente la última parada en la carretera A1 que une Viena con Estambul. La más oriental de occidente. Aquí hay muchísima historia corriendo por sus ríos.

Geografía de un triple: un río, tres nombres
Empecemos por el mapa. El río que se ve desde el puente viejo de Esvilengrado se llama Maritsa (Марица) en Bulgaria. Cuando cruza la frontera hacia el sur se convierte en el Evros (Έβρος) griego, ese que yo conocía por los mitos griegos. Un poco más al este, para los turcos, en su orilla oriental es el Meriç. Un solo curso de agua, tres nombres. Una metáfora geográfica de toda la región.
En la región vivieron a través del tiempo muchas culturas, se pelearon tantas batallas, y se escribieron tantas historias, que cada uno quiere dejar en claro a que lado pertenece. Pero, uno como extranjero no puede dejar de ver la similitud de sus gentes y sus costumbres. Es verdadero aquella tragedia que causan las fronteras que formamos entre vecinos. Ya no me sorprende ver letreros en la calle con varios alfabetos, pero la sorpresa original ha pasado a la oportunidad de aprender un poco más de esos vecinos tan cercanos. En otro post cuento la historia del búlgaro y la importancia que tuvo en sostener la idea de nación búlgara.
Cada fin de semana hay mucha gente en Esvilengrado que ha cruzado la frontera para hacer compras en el supermercado, para tomar un café o ir a uno de los casinos de la ciudad. A mi esposa todavía le soprende verme entusiasmado por el doner kebab turco del centro de la ciudad, el mejor que he probado hasta ahora. En cambio, ambos estamos de acuerdo al escoger restaurante favorito, el Mosta, de tradición griega, que nos encanta por la calidad de la comida y por estar al lado del puente viejo, con una gran vista al río.
A pocos kilómetros al sureste, donde el Maritsa se encuentra con su afluente el Tundzha y, más adelante, con el Arda, se forma el tripoint: el punto exacto donde se tocan las fronteras de los tres países. No hay un marcador espectacular ni un mirador para turistas, un letrero quizás. Es un campo agrícola con un poste discreto. Sólo se siente la sensación de frontera cuando se ven las patrullas de control búlgara, y el ser detenido casualmente por miembros de Frontex si uno va por los senderos y carreteras rurales.
Esvilengrado, la ciudad que era un puente
Esvilengrado está en la provincia de Haskovo, al sureste de Bulgaria, en la llanura de la Alta Tracia, a 18 kilómetros de Edirne (Turquía) y a unos 8 kilómetros del paso fronterizo con Grecia. Su historia más reciente, contada en pocas líneas, es esta: durante el dominio otomano (siglos XIV-XIX) se llamaba Cisr-i Mustafapaşa, el puente de Mustafa Pasha. El nombre venía del puente de piedra que en 1529 mandó construir el visir Mustafa Pasha sobre el río Maritsa. La obra duró tres años y costó la vida del propio visir, que murió poco antes de verla terminada. Según la leyenda local, su esposa supervisó las últimas piedras.
El puente viejo (Старият мост en búlgaro) tiene veinte arcos, casi trescientos metros de largo, seis de ancho. El mayor de los arcos cubre dieciocho metros. Tradicionalmente se atribuye su diseño al gran arquitecto otomano Mimar Sinan —así lo recoge el viajero del siglo XVII Evliya Çelebi y las listas de obras de Sinan—, aunque los académicos modernos han matizado esa atribución: el puente se terminó en 1529 y Sinan no fue arquitecto principal hasta 1539, así que probablemente fue un trabajo colectivo del cuerpo de arquitectos imperiales. En cualquier caso, es uno de los puentes otomanos más bellos que quedan en pie en los Balcanes, y de los pocos por los que aún se puede caminar tranquilamente, sin el ruido del tráfico moderno porque hay otros puentes paralelos para los autos y trenes.

El cruce del río Maritsa es de baja profundidad en la zona del puente y uno puede ver a los locales pescando tanto desde el puente como desde el río. Desde el río pueden verse a varios castores haciendo presas bajo los arcos del puente, y a muchos patos tomando el sol en las laderas del río. Casi siempre suelen haber caballos pastando o tomando aguas cerca al vecindario de los romaníes. El paseo al atardecer es muy agradable, a pesar de la invasión de mosquitos que suelen llegar cuando baja el calor.
La ciudad pasó a Bulgaria en 1912, durante la Primera Guerra Balcánica, pero la transición no fue limpia. Esvilengrado fue arrasada casa por casa en 1913, y solo después del Tratado de Constantinopla se estableció definitivamente la frontera. La población otomana de entonces (turcos, griegos, judíos sefardíes) en la región de Rumelia oriental fue desplazada o aniquilada en sucesivos episodios.
La ciudad búlgara de Esvilengrado que conozco hoy, con sus cafés, su mercado, su zona comercial cerca del paso fronterizo y sus camiones TIR aparcados en filas, es el resultado de esa homogeneización violenta que fue común en toda la región de la antigua Rumelia (Румелия en búlgaro, la zona de los romanos), aquella zona cercana al corazón del imperio, donde los Otomanos sólo distinguían entre religiones y no diferenciaban a los grupos cristianos que la habitaban (griegos, búlgaros, serbios, armenios). El nacimiento de los estado nación creó muchas tragedias. Hay canciones folclóricas que recuerdan a los búlgaros desplazados desde sur de los Ródopes, que desde lo alto de las montañas búlgaras lloraban a sus muertos, y veían sus pueblos en el lado griego de la frontera, pero ya no llegan a ver su querido mar Egeo.
Haskovo, la capital provincial
A unos cuarenta kilómetros al noroeste, ya saliendo de la zona fronteriza, está Haskovo (Хасково), la capital de la provincia. Es una ciudad de algo más de setenta mil habitantes, fundada en el siglo IX bajo el Primer Imperio Búlgaro y celebrada con su milenario en 1985 (los búlgaros fijan oficialmente la fundación en el año 985). En el centro hay una torre del reloj erigida ese año para conmemorar el aniversario, junto a una mezquita Eski (la Vieja) cuyos orígenes se remontan a los primeros siglos del dominio otomano.
Haskovo no tiene la espectacularidad histórica de Plovdiv ni el peso turístico de Veliko Tarnovo. Pero tiene tres cosas que la hacen parada obligada para quien viaje por el sur búlgaro.
La primera es el monumento a la Santísima Madre de Dios con el Niño, una estatua de catorce metros sobre un pedestal de diecisiete, inaugurada en 2003 y registrada por el Libro Guinness en 2005 como la imagen más alta del mundo de la Virgen María con el Niño (más grande que la de Río de Janeiro). Está en la Colina de la Juventud, sobre la ciudad. Lo curioso es la mezcla que simboliza sin querer: un monumento ortodoxo de récord en una región donde el islam y el cristianismo llevan conviviendo siete siglos.
La segunda es la iglesia de la Asunción de la Virgen en el cercano pueblo de Uzundzhovo, un ejemplo único de edificio que fue iglesia cristiana, luego mezquita otomana, luego de nuevo iglesia tras la liberación. Los muros conservan inscripciones árabes y rezos cristianos en cirílico, capa sobre capa. Es la región entera en miniatura.
La tercera es el Centro de Arte Tracio cercano a Haskovo, que alberga una réplica exacta de la tumba de Aleksandrovo. La tumba original se descubrió en el año 2000, está datada en la segunda mitad del siglo IV a.C., y conserva frescos únicos que representan escenas de caza de jabalíes y ciervos. Como la tumba auténtica está cerrada al público para conservarla, el centro permite ver la réplica con todos los detalles iluminados. Es uno de los testimonios más vivos del arte tracio en el sur de Bulgaria.
En casa somos aficionados a la serie Outlander, aquella donde una mujer viaja al pasado luego de tocar unos restos megalíticos en Escocia. Grande fue nuestra sorpresa al encontrar dólmenes tracios con una tumba central en el centro de Haskovo, en plena plaza principal de la ciudad. Allí estaban, ignorados por los locales que caminan diariamente a su lado. No, no funciona, y aquí seguimos.

Pérperikon y la Tracia profunda
Si Esvilengrado es la frontera y Haskovo la capital provincial, los Ródopes orientales —al oeste, hacia Kardzhali— guardan el corazón sagrado tracio de la región. Aquí están dos lugares que cualquier amante de la historia europea debería conocer, y que casi nadie en el ámbito hispanohablante visita: Pérperikon y Tatul.
Pérperikon (Перперикон en búlgaro) es un complejo megalítico tallado directamente en la roca, a 470 metros de altitud, que ocupa unos doce kilómetros cuadrados de extensión. Habitado desde el Neolítico (hace más de siete mil años), alcanzó su esplendor durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro como centro religioso y político tracio. Heródoto y Suetonio mencionan un oráculo de Dioniso Zagreo en estos montes que rivalizaba con Delfos, y la arqueología de las últimas décadas, dirigida desde el año 2000 por el arqueólogo Nikolay Ovcharov, sitúa ese oráculo precisamente en Pérperikon. Aquí, según las fuentes antiguas, se profetizaron dos destinos imperiales: el de Alejandro Magno en el siglo IV a.C. y el de Octavio Augusto tres siglos después. Una buena guía práctica para visitar el sitio está en Bulgaria Travel, el portal oficial de turismo.
A unos sesenta kilómetros, cerca del pueblo de Tatul, en el municipio de Momchilgrad, está el santuario de Tatul (Татул), uno de los monumentos megalíticos más impresionantes de Bulgaria. Es un complejo tallado en una roca masiva, con tumbas excavadas en la piedra, una de las cuales (en forma de pirámide truncada, única en el país) se asocia tradicionalmente con Orfeo, el mítico poeta y músico tracio. La data es debatida: hay materiales desde la Edad del Bronce hasta la Edad Media, lo que sugiere un uso continuado de unos cinco mil años.

El sur búlgaro no se entiende del todo sin mirar a todas las culturas que han pasado por aquí, y me he quedado corto, pero luego escribiré de cada una. Tracios (siglo VIII a.C. en adelante): santuarios, túmulos, tumbas, una espiritualidad ligada al sol, al vino y al caballo. Romanos (siglos I-IV d.C.): vías, ciudades, basílicas. La Vía Diagonalis, que conectaba Singidunum (Belgrado) con Bizancio, pasaba por aquí. Bizantinos: cristianización, fortalezas (como la de la foto arriba), monasterios. Otomanos (1361-1878): cinco siglos largos, mezquitas, puentes, caravasares, cocina, idioma. Bulgaria post-otomana (1878-): construcción nacional, guerras balcánicas, intercambios de población, comunismo. Telón de Acero (1944-1989): la frontera de Bulgaria con Grecia y Turquía fue, durante medio siglo, el límite entre el Pacto de Varsovia y la OTAN. Hoy: frontera exterior de la Unión Europea, ruta de paso para migrantes que cruzan desde hacia Europa central.
Esta última parte es la que cuenta Kassabova en su libro Frontera: Un viaje al confín de Europa (publicado originalmente en inglés como Border en 2017, traducido al español por la editorial Armaenia en 2018). Es una crónica viajera y antropológica del triple, con personajes reales (contrabandistas, guardias fronterizos, cazadores de tesoros, refugiados, caminantes del fuego, herboristas) y una prosa de poeta. Ha ganado el British Academy Al-Rodhan Prize, el Saltire Society Book of the Year y el Stanford Dolman Travel Book of the Year, entre otros premios. Es uno de los libros que leeré este próximo verano.
En el vídeo de abajo encontrarás un vídeo de la ciudad donde paso mis veranos.


Comentarios